Justo en las fechas en las que millones festejan el nacimiento de su Dios, muchas veces sin pensar en el hecho de que festejan el nacimiento de su Dios, otros millones pasan la vida buscando que el espíritu de la navidad les salpique un poco de recusos para pasársela con menos frío. No soy ni de unos, ni de otros. Yo no festejo a los dioses en los que no creo y por eso trabajo en los días de festejos, eso fue una buena elección de mi carrera. Antier salí con los amigos a una posada, recordé las de la infancia y me la pasé bien. Mis amigos, sus hijos y las bromas de que seré el tío alcahuete e inestable me enseñaron que la madurez no me ha llegado por falta de información. ¿Qué se sentirá tener a tu hijo y abrazarlo? No es que lo desee, pero me regocija el hecho de ver la felicidad en el rostro de mis verderos seres amados, los cuates y sus esposas, las amigas y sus esposos, los novios con planes de boda, el tiempo que va pasando por ellos y por mí parece no ceder en eso que llaman madurar, establecerse, sentar cabeza. No es que sea un irresponsable, pero no busco ver la felicidad en el perro que me recibe con la cola enérgica: mi casa es mía, mi tiempo es mío, mi tristeza es mía y no afecta a nadie. Aún así veo la belleza de estas fechas, en donde los buenos sentimientos de vez en cuando se exacerban y unos niños hermosos, pero que no soporto mucho, me llaman tío y me invitan ponche. La belleza está dentro, en alguna parte escondida de eso que llaman alma, aunque a veces me salpica y me escupe en el rostro un poco de felicidad.
Las navidades
Diciembre 22, 2008 by xavierdeleonViajar en metro
Julio 21, 2008 by xavierdeleonEn miles de pláticas, en decenas de canciones y en algunos cuentos se reitera el hecho de que en el metro todos van solitarios, aislados. Una rola decía que “el metro es la medida exacta de la soledad”. Sin embargo para mí la cosa es bastante diferente. Cuando voy en metro, nunca falta el que cede su asiento, los que ayudan a la seño’ que trae cuatro hijos, dos cajas, cinco bolsas y algunos bultos más. He visto la solidaridad y la atención al otro, la muchacha que se cuida de que no le vean el escote o el trasero los cientos de pares de ojos lascivos, el güey que cuida que los ambulantes no ocupen una línea o un vagón que no le corresponde, de ésos que cambian de vagón en cada estación y tienen cara de matar a la menor provocación, los que no saben moverse en el metro y tienen tatuado en el rostro “no me asaltes por favor”.
Me parece que los que van aislados son los menos, hasta los morros que llevan sus audífonos están atentos a la imagen que pueden tomar con su celular o al cuentito que escriben en sus libretas desvencijadas, son otros que, como yo, van viendo a la gente para imaginarse sus historias y les miran el rostro, con las caras de desesperación por las prisas, las esperanzas, las tristezas. Y somos tantos que por eso existen las pláticas, las canciones y los cuentos que mencioné primero, se contradicen porque ellos mismos son la muestra de que todos nos miramos mutuamente, de que todos nos notamos mutuamente, porque en el metro se viven miles de historias, todas diferentes, todas únicas y somos muchos los que las notamos, porque aún queda en el mundo el interés genuino por el otro, y el metro es el otro que nos mira desde el andén.
Pantalones rotos
Julio 20, 2008 by xavierdeleonHace unos años viví con una chica, todo indicaba que nos casaríamos y tendríamos hijos. Creo que no me comprometeré, eso la alejó, eso y mis extrañas costumbres. Una de ellas llevó a una discusión de ésas que crecen sin control a lo pendejo, ya sabes, cuando inicias discutiendo por la pasta de dientes y la forma correcta de sacarla del tubo y terminas recriminando el coqueteo con el vecino o algún olvido de años atrás. Así pasó con mis pantalones, unos que me compraron cuando estaba en la prepa y que nunca me quitaba, los usé por años y el desgaste formó en ellos unos elegantes jirones deshilachados a la altura de los tobillos y también el espacio en el que mis rodillas desnudas le sonreían al mundo, además de esas roturas preciosas que se hacen bajo los bolsillos traseros y que me obligaban a usarlos con bóxers largos de diseños discretos.
Pasó el tiempo y pasarón a los cajones, pero de cuando en cuando salían a lucirse los fines de semana, tan coquetos, como una reafirmación de que el trabajo burocrático al que sigo estando obligado a ir de lunes a viernes y de ocho a tres, no me constreñía en las aspiraciones burguesas de mis vecinos de escritorio. No salían a menudo, pero me acompañaban recordándome cuando la primer rotura ocurrió, al bajarme del autobús corriendo para llegar a clases, recordándome que decidí no usarlos cuando salí con esa chica que exploré en un vano intento por enamorarme, recordándome que me tiraba en los parques sin inhibiciones, con un libro que rara vez leía fuera de casa, pero que cargaba para decirle al mundo que me importaban ciertas cosas, recordándome que tocaba la guitarra y tenía mi banda, recordándome a mí mismo en lo que añoro.
Pues esa chica, con la que viví, era pulcra, y un día sin más decidió limpiar e inició la caza de lo inservible y se encontró con ellos, los reconoció porque alguna vez los llevé al cine con ella y sus amigos, quienes se burlaban del naquito, malrasurado y deshilachado. Recordó que intenté teñirlos para que recobraran su negro azabache de antaño, lo intenté ignorando de la sal, de la temperatura el agua y de todos esos secretos que no vienen anunciados en los sobrecitos del polvo del caballito. Sin dudar los tomó y guardó en una bolsa negra, misma que yo mismo entregué en un camión de la basura sin inspeccionar su contenido, ¿para qué? Cuando los busqué uno o dos meses después, me dijo tranquila lo que había hecho y después de dos horas de discusión, nunca entendió que mandó a la muerte mi reafirmación personal y una parte de mis recuerdos, y en ellos, un pedazo de vida, de una vida deshilachada a la altura de los tobillos.
Nací muerto
Julio 20, 2008 by xavierdeleonEs curioso cómo la vida va formando sus corrientes. Cada variable modifica inimaginablemente las posibles consecuencias de la suma de ellas, eso me recuerda la metáfora en la que Butterfly effect está basada. Así ha sido mi vida. Nací hace tiempo en el seno de una familia que nunca lo fue, como tantas. La diferencia fue que a pesar de que mis no tan jóvenes, pero sí inexpertos, padres han decidido seguir juntos, sin amarse, ni amarnos a sus hijos. Mi madre nunca me lo ha dicho, pero me demuestra en cada acto que su posible vida exitosa fue truncada por mi nacimiento, que su genio y su destreza intelectual (que siempre presume, pero que nunca he visto) no pudo tener el lugar que le correspondía, ¡qué pedante! Mi padre nunca ha demostrado interés en lo que sentimos, ni en nuestros errores, parece perdonar todo cual padre «barco», pero creo que en realidad nunca le ha preocupado, ¡qué egoísta! Pese a todo, nos educaron bien, nos llevaron a la universidad y nos han permitido cometer nuestros errores, sin grandes alaracas desde hace unos años. Siempre podemos regresar irresponsablemente a casa si fracasamos en lo profesional o en lo personal, cosa que espero nunca más repetir. Diez años sin ellos me han permitido reflexionarlos, comenzar a vivir y darme cuenta de que el amor no está en la distancia, ni en la permisión, que el amor es entrega y esfuerzo. Nací en realidad hace poco, en el dos mil uno; mientras por ciertas torres un régimen construía una guerra sinsentido, yo aprendía a amar, a controlar mis vicios, a decidir. Nací entonces hace nueve años, pero hace treinta y tres creí haber nacido, en una sala maloliente, pero no, aquella vez nací muerto.