En miles de pláticas, en decenas de canciones y en algunos cuentos se reitera el hecho de que en el metro todos van solitarios, aislados. Una rola decía que “el metro es la medida exacta de la soledad”. Sin embargo para mí la cosa es bastante diferente. Cuando voy en metro, nunca falta el que cede su asiento, los que ayudan a la seño’ que trae cuatro hijos, dos cajas, cinco bolsas y algunos bultos más. He visto la solidaridad y la atención al otro, la muchacha que se cuida de que no le vean el escote o el trasero los cientos de pares de ojos lascivos, el güey que cuida que los ambulantes no ocupen una línea o un vagón que no le corresponde, de ésos que cambian de vagón en cada estación y tienen cara de matar a la menor provocación, los que no saben moverse en el metro y tienen tatuado en el rostro “no me asaltes por favor”.
Me parece que los que van aislados son los menos, hasta los morros que llevan sus audífonos están atentos a la imagen que pueden tomar con su celular o al cuentito que escriben en sus libretas desvencijadas, son otros que, como yo, van viendo a la gente para imaginarse sus historias y les miran el rostro, con las caras de desesperación por las prisas, las esperanzas, las tristezas. Y somos tantos que por eso existen las pláticas, las canciones y los cuentos que mencioné primero, se contradicen porque ellos mismos son la muestra de que todos nos miramos mutuamente, de que todos nos notamos mutuamente, porque en el metro se viven miles de historias, todas diferentes, todas únicas y somos muchos los que las notamos, porque aún queda en el mundo el interés genuino por el otro, y el metro es el otro que nos mira desde el andén.
Etiquetas: metro
Agosto 18, 2008 a las 8:24 am