Justo en las fechas en las que millones festejan el nacimiento de su Dios, muchas veces sin pensar en el hecho de que festejan el nacimiento de su Dios, otros millones pasan la vida buscando que el espíritu de la navidad les salpique un poco de recusos para pasársela con menos frío. No soy ni de unos, ni de otros. Yo no festejo a los dioses en los que no creo y por eso trabajo en los días de festejos, eso fue una buena elección de mi carrera. Antier salí con los amigos a una posada, recordé las de la infancia y me la pasé bien. Mis amigos, sus hijos y las bromas de que seré el tío alcahuete e inestable me enseñaron que la madurez no me ha llegado por falta de información. ¿Qué se sentirá tener a tu hijo y abrazarlo? No es que lo desee, pero me regocija el hecho de ver la felicidad en el rostro de mis verdaderos seres amados, los cuates y sus esposas, las amigas y sus esposos, los novios con planes de boda, el tiempo que va pasando por ellos y por mí parece no ceder en eso que llaman madurar, establecerse, sentar cabeza. No es que sea un irresponsable, pero no busco ver la felicidad en el perro que me recibe con la cola enérgica: mi casa es mía, mi tiempo es mío, mi tristeza es mía y no afecta a nadie. Aún así veo la belleza de estas fechas, en donde los buenos sentimientos de vez en cuando se exacerban y unos niños hermosos, pero que no soporto mucho, me llaman tío y me invitan ponche. La belleza está dentro, en alguna parte escondida de eso que llaman alma, aunque a veces me salpica y me escupe en el rostro un poco de felicidad.
Etiquetas: navidad