Un caballero no tiene memoria, pero no soy un caballero, sólo me falta la memoria. Por eso no te recuerdo en la cama susurrándome caricias con los dedos de los pies, con tus labios ocupados. No recuerdo los roces del sopor, con las vidas que se iban, consumiéndose en los cestos. He olvidado tus cabellos acumulándose en el rincón de la pared tras la base de la cama. Sólo te recuerdo caminando en ese parque a nuestro encuentro, con las dudas, con tus legajos bajo el brazo, con los míos arrugándose en la alfombra virgen de tus sueños. Sólo te recuerdo partiendo a lo lejos, jugueteando con las llaves, desdibujándote en el humo del tabaco, lívida, elevándote, perdiéndote en la marialuisa de mis deseos.
Hoy te obserbé, a lo lejos, sonriendo, y preferí caminar para dejar de recordar tus bragas que guardo en el cajón, las olvidadas, que aún me huelen a la elevación, al sopor, a las ganas de recordarte. Lo he logrado. Por ello no recordaré nunca más el poema que sabías de memoria y que recitaste tras inspeccionar la libreta desvencijada. No recordaré que mencionaste al amor y tu sobresalto discreto tras mi gesto. No te recuerdo, no podré recordarte más, aunque lo intente.
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