Para María del Carmen Nicola
Madera intonsa que me da la rúbrica animal, los coágulos de la saliva sacian mi sed inaudita, mi locura intocable, mi serenidad perdida; la interacción tensa y rítmica de los encuentros reiterados y casuales, que son “lo menos casual en nuestras vidas”, te animó de pronto a un encuentro breve tras mi cuello, tras el sopor, ése que termina siempre más pronto de lo que queremos, ése que parece siempre el último y que no deja de ser sino uno más de las anécdotas de la vejez en las que Horacio y Lucía serán la referencia necesaria, en las que las risas tensas seguirán ocultando las culpas que nos negamos, y qué mejor, ¿para qué cargar las culpas que no nos debemos a nosotros?, ¿para qué cargar las culpas que no nos debemos entre nosotros?, ¿para qué? Han de ser mías estas culpas, como han sido las otras, pero no te escapes, que los encuentros de la interacción de nuestra piel convertida en madera tensa, son ciertos y mutuos. La madera tersa y firme que intercambiamos son el abatelenguas compartido de cada caricia intena, que nada tiene que ver con el vulgar sexo, que nada tiene que ver con preservar o construir nada, que nada tiene que ver con el amor, ¿qué se puede hacer con él? si “nos sale tan bien”.
Rasgaduras de piel de la astilla índice y anular que acompaña los abatenguas humedecidos por las travesuras de tu noche, dejan huellas perennes que no son fijas ni deslucidas, sino intensos recuerdos acumulados por la lejanía y la ausencia, la que se me aparece en el sopor, ése del que te hablaba en mi burda serenidad fingida, ése que repito, reitero, recupero, busco y reencuentro cada vez que nos volvemos abateneguas absoluto de nuestras soledades compartidas, una que busca llenar a la otra y que sigue, sin embargo, construyendo nuevas soledades, las de las culpas, y otra, que neciamente se alimenta de sí misma sin necesidad. Mejor continuemos con el desembarco de humedades en nuestras perlas, porque ese desembarco será la huella rítmica de nuestro pasado que no deja de hacerse.