Se atrevió a conducir en contra sobre Eje Central, en el carril del trolebús, por donde nadie debía avanzar. No tardaron dos patrullas en detener su vehículo. Bajó, corrió rumbo a la estación San Juan de Letrán, tuvo la suerte de que uno de los trenes avanzara justo cuando cruzó la puerta del vagón, tras saltar ágilmente sobre el torniquete sin que ningún oficial alcanzara a detenerlo. Salió corriendo en la estación siguiente, cruzó cinco cuadras. En una esquina amenazó, sin siquiera mostrar un arma, a un conductor, quien con temor le cedió su vehículo. Subió, condujo y pasó dos semáforos dando vuelta a la izquierda cada vez, en un embotellamiento bajó del vehículo robado y sin siquiera cerrar la puerta continuó a pie sobre la avenida, esquivando los automóviles con tripulantes desprevenidos que lo veían pasar sin sorpresa y con reservas. Cruzó al carril contrario esquivando los acotamientos con increíble destreza. En algún punto había cruzado Reforma por el Monumento a Cuauhtémoc y ahora corría por Insurgentes como yendo rumbo al Ángel, pero dobló nuevamente a la izquierda fluyendo como los ríos que daban su nombre a las calles que cruzaba con avidez. Se perdió en algún edificio comercial de la zona y no se le volvió a ver, pero sonreía sin que le vieran a cada atisbo hacia atrás, a cada mirada esquiva en la que descubría que su memoria no podía alcanzarle, siempre y cuando, nunca detuviera su andar.
Premura
Advertisement