Me llamó mi padre ayer, me felicitó por mi cumpleaños, quiso ahorrarse la pena de olvidarlo el día que efectivamente es. Los festejos éstos han tenido para mí una sola finalidad desde hace años: adquirir algún regalo interesante a cambio de nada; tal vez otra, embrutecerse con un pretexto o un perdón previo, para cometer idioteces, como llamarle a ella o buscar sexo gratis con alguna ilusa. El tiempo pasa y los años se notan, pero ésas son sólo convenciones que me niego a signar como mías. No soy un señor, ni lo seré. Seguiré yendo a trabajar y guardando mis tristezas para estos textos que nadie lee. Seguiré mentándole la madre al cabrón ése que se mete en el tráfico, esperando que un día el pendejo, que siempre cambia de coche y de rostro, se atreva a bajarse. Seguiré bebiendo en la cama frente al televisor, mientras me río de una comedia de situación. Seguiré haciendo tantas cosas, mientras para ustedes el tiempo sigue pasando y para mí se cae en la ducha, quedándose en los agujeros de la coladera.
