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Paraguas

Octubre 5, 2009

En el metro se expresa el espíritu de la ciudad. Así lo supe el viernes, que tuve que viajar en una ruta diferente. Tenía que bajar en Insurgentes, pero en lugar de trasbordar en Balderas, como era lo correcto, una paranoia, que creí sólo mía, me hizo hacer el anormal recorrido: Hidalgo – Salto del Agua – Insurgentes. Anormal por todos lados, pero más viniendo de la Ruta 3. El caso es que quise evitar caminar por el anden de las pesadillas. Cuando llegamos a Insurgentes todo se precipitó en un extreme long shot de interiores, aderezado con un slow motion con intercortes a los rostros de pánico y sorpresa.

Mientras salía del vagón, y cuando otros ya subían las escaleras y caminaban por los cortos pasillos, un sonido metálico y seco provocó el instante que recuerdo con detalles completísimos. Al escuchar el sonido una sola imagen llegó a la mente de varios, de mí incluído. La imagen me llegó justo mientras pensaba en las revisiones exhaustivas de los policías que a lo largo de toda la Ruta 1 detienen a todo aquél que carga una mochila, una bolsa, un bulto. Como si un arma no pudiera entrar por otro lado. Pensaba en eso, pues, pensaba en eso y el sonido metálico me hizo voltear con una discreta mirada de pánico.

Como los míos, otros pares de ojos voltearon al origen del ruido y al causante, con miradas de odio, de desconfianza, de miedo, de atención cuidadosa, de todo junto; todas las miradas lo tenián todo [intercortes]. El hombre, el ruido, los rostros, todo [slow motion en todo momento]. Pude ver desde el primer instante que el origen del ruido fue un paraguas que cayó de las manos descuidadas de un hombre mayor, golpeando su parte metálica con la base de la salida del vagón. El hombre, apenado, recogió el paraguas con una lentitud vergonzosa, a sabiendas de los retortijones que había causado; las miradas compuestas lo decían todo. Pero lo tomó y siguió caminando en nuestra ruta, mientras los otros buscaban andar por donde él no lo hiciera. Salió con su verguenza [todo fue una sola toma en extreme long shot].

Ya en la Glorieta, la vergüenza se fue desvaneciendo vaporosa, salíamos hacia nuestros caminos y del momento sólo quedaron las miradas discretas de algunos, que volteaban de vez en vez, esperando que lo que habían presenciado hubiera sido sólo su paranoia. Pero no era así, se había manifestado en esa atípica expresión el espíritu de la ciudad, un espíritu temeroso de la violencia que se le sale de entre las entrañas en momentos de sangre y temor, en respiros de valentía que se huelen desde las madrugadas, por ello la olí perfectamente ese viernes a las 8:30 de a la mañana.

Viajar en metro

Julio 21, 2008

En miles de pláticas, en decenas de canciones y en algunos cuentos se reitera el hecho de que en el metro todos van solitarios, aislados. Una rola decía que “el metro es la medida exacta de la soledad”. Sin embargo para mí la cosa es bastante diferente. Cuando voy en metro, nunca falta el que cede su asiento, los que ayudan a la seño’ que trae cuatro hijos, dos cajas, cinco bolsas y algunos bultos más. He visto la solidaridad y la atención al otro, la muchacha que se cuida de que no le vean el escote o el trasero los cientos de pares de ojos lascivos, el güey que cuida que los ambulantes no ocupen una línea o un vagón que no le corresponde, de ésos que cambian de vagón en cada estación y tienen cara de matar a la menor provocación, los que no saben moverse en el metro y tienen tatuado en el rostro “no me asaltes por favor”.

Me parece que los que van aislados son los menos, hasta los morros que llevan sus audífonos están atentos a la imagen que pueden tomar con su celular o al cuentito que escriben en sus libretas desvencijadas, son otros que, como yo, van viendo a la gente para imaginarse sus historias y les miran el rostro, con las caras de desesperación por las prisas, las esperanzas, las tristezas. Y somos tantos que por eso existen las pláticas, las canciones y los cuentos que mencioné primero, se contradicen porque ellos mismos son la muestra de que todos nos miramos mutuamente, de que todos nos notamos mutuamente, porque en el metro se viven miles de historias, todas diferentes, todas únicas y somos muchos los que las notamos, porque aún queda en el mundo el interés genuino por el otro, y el metro es el otro que nos mira desde el andén.