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Pantalones rotos

Julio 20, 2008

Hace unos años viví con una chica, todo indicaba que nos casaríamos y tendríamos hijos. Creo que no me comprometeré, eso la alejó, eso y mis extrañas costumbres. Una de ellas llevó a una discusión de ésas que crecen sin control a lo pendejo, ya sabes, cuando inicias discutiendo por la pasta de dientes y la forma correcta de sacarla del tubo y terminas recriminando el coqueteo con el vecino o algún olvido de años atrás. Así pasó con mis pantalones, unos que me compraron cuando estaba en la prepa y que nunca me quitaba, los usé por años y el desgaste formó en ellos unos elegantes jirones deshilachados a la altura de los tobillos y también el espacio en el que mis rodillas desnudas le sonreían al mundo, además de esas roturas preciosas que se hacen bajo los bolsillos traseros y que me obligaban a usarlos con bóxers largos de diseños discretos.

Pasó el tiempo y pasarón a los cajones, pero de cuando en cuando salían a lucirse los fines de semana, tan coquetos, como una reafirmación de que el trabajo burocrático al que sigo estando obligado a ir de lunes a viernes y de ocho a tres, no me constreñía en las aspiraciones burguesas de mis vecinos de escritorio. No salían a menudo, pero me acompañaban recordándome cuando la primer rotura ocurrió, al bajarme del autobús corriendo para llegar a clases, recordándome que decidí no usarlos cuando salí con esa chica que exploré en un vano intento por enamorarme, recordándome que me tiraba en los parques sin inhibiciones, con un libro que rara vez leía fuera de casa, pero que cargaba para decirle al mundo que me importaban ciertas cosas, recordándome que tocaba la guitarra y tenía mi banda, recordándome a mí mismo en lo que añoro.

Pues esa chica, con la que viví, era pulcra, y un día sin más decidió limpiar e inició la caza de lo inservible y se encontró con ellos, los reconoció porque alguna vez los llevé al cine con ella y sus amigos, quienes se burlaban del naquito, malrasurado y deshilachado. Recordó que intenté teñirlos para que recobraran su negro azabache de antaño, lo intenté ignorando de la sal, de la temperatura el agua y de todos esos secretos que no vienen anunciados en los sobrecitos del polvo del caballito. Sin dudar los tomó y guardó en una bolsa negra, misma que yo mismo entregué en un camión de la basura sin inspeccionar su contenido, ¿para qué? Cuando los busqué uno o dos meses después, me dijo tranquila lo que había hecho y después de dos horas de discusión, nunca entendió que mandó a la muerte mi reafirmación personal y una parte de mis recuerdos, y en ellos, un pedazo de vida, de una vida deshilachada a la altura de los tobillos.